Un cielo azul de lado a lado se observa en las mañanas, cada vez más frías en la Sabana de Bogotá. Hacia las montañas del oriente, la bruma proveniente de los incendios forestales de la Amazonía y Orinoquía nos indica que el verano ya “cogió punto”, y lo que se deforestó está listo para meterle candela y hacer potreros. Esta pequeña ventana de observación se da en medio de grandes cambios globales, como el registro de nuevos picos de temperatura global, o la interrupción de las corrientes submarinas del Ártico y el enfriamiento europeo, y la aparición de ciclones extratropicales como el de Brasil en el último mes, con su devastador paso.
La agenda climática global entra, a la brava, en un proceso de revisión que quedó sellado en la COP 30, donde ya pudimos observar cómo la financiación y las metas se van direccionando hacia la adaptación, y donde cada país deberá asumir prioritariamente sus propios mecanismos de financiamiento, pues la corresponsabilidad de los grandes emisores está bloqueada por la postura del actual Gobierno de Estados Unidos y el estatus de China como “país en desarrollo”, lo cual pone a los dos más grandes emisores del planeta fuera de la ecuación de la financiación climática.
Las señales de la reactivación petrolera son inequívocas, y hacen parte de este nuevo panorama mundial, donde los Estados Unidos se juegan una apuesta estratégica, que sentimos muy de cerca con su posición en Guyana (el mayor yacimiento de petróleo descubierto recientemente) y su interés en “retomar” el petróleo de Venezuela, con su intervención militar y política. Por el lado de la minería, la presión sobre el oro sigue imparable, y ya la onza se encuentra por encima de los 4.000 dólares (con un aumento de más del 100 por ciento en los dos últimos años), y aquí en Colombia el Banco de la Republica compra cada gramo en más de 500.000 pesos. Grandes inversiones en minas de oro en Perú, Ecuador y Colombia –o las de litio en Argentina, Bolivia y Chile– son solo un pequeño ejemplo de esta guerra económica mundial entre el petrodólar –el gran Dorado– y los minerales de transición, protagonizada por los Estados Unidos, China (y los BRICS), Europa y los árabes. Por el lado de la producción de alimentos, la demanda mundial también crece, a la par del aumento demográfico y la capacidad adquisitiva de grandes poblaciones en el mundo. Carne, aceite, cereales y otras fuentes para alimentación humana y animal seguirán siendo una demanda constante sobre la cual los países tropicales especialmente, tendrán una posibilidad.
En este brochazo de contexto global, Colombia aparece con oportunidades y retos enormes, entre lo económico, lo social y lo ambiental. Hace unos años participé en un trabajo para la agenda de Seguridad Climática de Naciones Unidas, donde se evidenciaba cómo las poblaciones más afectadas por la variabilidad climática tenían serias deficiencias en cuatro variables críticas: seguridad energética, hídrica, alimentaria y en salud. Esta correlación negativa explicaba en parte sustancial los conflictos sociales, ambientales y económicos que se presentan en medio de grandes proyectos de desarrollo, que curiosa, pero sistemáticamente, aparecen con indicadores negativos en materia de las seguridades básicas poblacionales y con alto riesgo climático. ¿Cómo aproximarnos en este segundo cuarto de siglo que estamos a punto de empezar?
La necesidad de asegurar la autosuficiencia energética es un asunto neurálgico y, para ello, una discusión técnica sana sobre la generación de gas para cubrir toda la población en el corto y mediano plazo es inaplazable. En términos de justicia climática global, las poblaciones vulnerables son las primeras que tienen derecho a tener acceso a fuentes energéticas estables, de bajo costo y bajo impacto, por lo que el acceso al gas de nuestro subsuelo es ineludible. Esto, sin desmedro al acceso a todas las fuentes de energía renovable a las que el país debe apostar de manera permanente en este proceso de transición.
Sobre la seguridad hídrica ya hemos señalado en columnas anteriores cómo es imposible generar desarrollo económico en un país cuyo indicador de acceso a agua potable en zonas rurales está en 40 por ciento (datos OCDE), y tenemos las principales cuencas en un nivel de contaminación impresentable gracias a la corrupción de quienes no son capaces de tener un sistema de tratamiento de aguas residuales integrado para las cuencas Magdalena y Cauca, o llenas de mercurio gracias a las descargas de plaguicidas y de la nefasta minería ilegal de oro.
Finalmente, el tema de lo alimentario/agrícola, debe ser una oportunidad, que ofrezca respuestas a la necesidad de acceso a alimentos de bajo costo, alta calidad proteica u energética, y con valor agregado para los productores, además de lo que significa poder proveer mercados internacionales con el valor agregado de la transformación y la diversidad, en un país tropical con 12 meses de sol, abundante agua y suelos de alta capacidad productiva. La misma pregunta de la zonificación productiva nacional será parte de la agenda prioritaria para empresarios, comunidades y gobiernos de turno, pues la tentación de ampliar la frontera agrícola nacional es cada vez mayor, y su principal riesgo es la degradación y deforestación de la Reserva Forestal Nacional, la cual opera como sombrilla climática para todos los sectores. Cómo mantener los bosques y ecosistemas naturales y restaurar los que están afectados en medio de oportunidades agrícolas, crecimiento demográfico, necesidades energéticas y oportunidades mineras es una decisión de país, que afectará nuestra capacidad de adaptarnos al proceso de calentamiento global que avanza inexorablemente. Bienvenidos al segundo cuarto de siglo XXI.