Delgadas franjas de bosque seco quedan entre centenares de lotes, trazados milimétricamente, con vías rectilíneas que parecieran seguir trayectos de antiguas líneas de ‘sísmica para hidrocarburos’, y una concentración y tamaño de colonias menonitas ―alemanas, rusas, canadienses, entre otros, (¿serán las mismas de la Orinoquía colombiana?)― que no había visto antes. Miles y miles de hectáreas cultivadas en soya principalmente ―separadas por ‘barreras verdes’ de bosques remanentes―, sembradas en intervalos con pastos para ganado, y a veces sorgo, pude observar sobre las grandes planicies de Santa Cruz de la Sierra, que hacía el sur limitan con la frontera del Paraguay, y hacía el oriente con Brasil. Treinta y siete millones de hectáreas (es decir, un poco más que la totalidad de la Orinoquía colombiana), cercadas por una gigantesca presión para convertirlas en tierras agrícolas y mineras y, por supuesto, con grandes planes de conectividad intermodal para acercar mercados entre el Atlántico y el Pacífico y sus áreas de producción intermedia, como es el caso de la conexión Puerto Carreño-Buenaventura.
El oriente boliviano está dominado por una enorme planicie donde confluyen la Amazonía y los bosques secos de la Chiquitania y El Chaco. Es un territorio enorme, donde se ha desarrollado un proceso de expansión agrícola intensivo como pocos en el continente, orientado a la soya y a la ganadería, en un contexto regional en el que desde sus vecinos guaraníes y brasileros también han desarrollado una hiper economía de ‘agro commodities’, y el desarrollo de enclaves mineros ―uno de los yacimientos de hierro más grandes del mundo es compartido en ambas fronteras―, con coincidencias en el potencial de otros minerales en la frontera colombiana con Venezuela y Brasil.
Al salir de Santa Cruz hacía el oriente, es evidente cómo las dinámicas de crecientes y sequías del río Grande son cada vez más extremas. Un hilo de agua pasa sobre un antiguo cauce, más trenzado que meándrico, el cual según los cruceños inunda recurrentemente cultivos y terrenos, seguramente sobre su planicie de inundación histórica. La agricultura toma cada vez más caudal del agua superficial, y utiliza agua de pozos profundos y construye jagueyes por cientos. La conectividad fluvial de la intermodalidad no funcionaría de no controlar el acceso al agua agroindustrial y mantener los cauces de grandes ríos frente a la sedimentación creciente por erosión y deforestación.

Al llegar a la frontera con Brasil, al lado de Corubá, se observa, en la mitad de la nada, una mina y una fábrica de hierro ―de los tiempos de Evo―, que están conectadas por ferrocarril con la capital, y que atraviesa de oriente a occidente el departamento, paralelo a una vía pavimentada: toda la gran planicie (como seguramente se dará en la altillanura colombiana). Alguna vez Puerto Suárez fue una ciudad que estaba planeada para atender un nuevo polo de desarrollo minero y agrícola, pero las disputas políticas parecieran congelar esa idea. Un aeropuerto internacional, abandonado en su totalidad, con la pista enmontada y sus instalaciones nuevas siendo devoradas por el trópico, son la imagen más dramática de realismo mágico y de la polarización política de nuestro continente.
Hacía el sur, El Chaco aún parece la última reserva de sabanas con bosques secos donde aún se observa evapotranspiración de gran magnitud en contraste con las áreas de agricultura ―y en su centro el imponente Parque Nacional Kaa-Iya, ‘Amo del monte’ en lengua guaraní― muy golpeados por el uso intensivo y descontrolado del fuego que ha afectado casi la totalidad del territorio. Era la tierra del pueblo indígena Ayoreo, hoy en estado de indigencia en zonas urbanas, con una similitud pasmosa con los Nukak en Colombia.
Hacía el norte de la vía Irsa Central aparece la Chiquitania, bordeada en la frontera por el Gran Pantanal. Es evidente que la agricultura se ha recostado sobre las zonas donde hay mayor disponibilidad de agua, ya sea superficial o profunda. Pareciera que la fertilidad media de esos suelos, más la residualidad de los bosques secos que se han quemado o deforestado, ha jugado de manera definitiva en la transformación del paisaje, pues se habilita fácilmente con mejoramiento químico, genética de las plantaciones, mecanización, tecnología de riego, cosecha, preparación de suelos, control fitosanitario y, ahora, en producción de escala, y entra a un mercado global que esta ávido por estas materias primas.

Al observar las imágenes y datos de los incendios de la Chiquitania, es evidente que muchos son provocados desde el Brasil, y que también se concentran en las áreas de afloramientos rocosos, del Escudo brasilero”, formación geológica que tiene presencia de diferentes minerales para joyería, pero también con registro de minerales críticos y ‘tierras raras’. No fue una gran sorpresa cuando encontramos evidencia de minería ilegal en gran parte de esos cerros, que según autoridades locales tienen gran cantidad de compradores asiáticos, anglosajones y garimpeiros, quienes al parecer buscan determinar el tipo y extensión de yacimientos para posteriormente acceder con grandes propuestas de minería formal. Literalmente, han quemado la Chiquitania, buscando minerales y nuevas tierras agrícolas.
La apuesta de los países del continente por la producción agrícola de gran escala está alimentada por una demanda mundial creciente. Bolivia y Santa Cruz emergen como uno de los ejemplos mundiales de crecimiento económico agrícola y paralelamente de deforestación, lo cual le pone un condicionante al tipo de mercados a los que quiera acceder a partir del inicio en la implementación del reglamento de debida diligencia de la Unión Europea.
El proyecto agrícola de la Orinoquía colombiana se desarrollará en zonas de sabanas de la altillanura, en la cuales, ojalá, se consideren elementos de planificación del uso del suelo con agroecología, infraestructura verde, compensaciones en áreas de protección regional y monitoreo. Y que permitan un balance entre la intensificación del uso y el mantenimiento de la calidad, cantidad y acceso del agua superficial, la calidad de los suelos en el largo plazo, el mantenimiento de los bosques de galería y sabanas arboladas en la estructura de conectividad, y un modelo de protección de comunidades locales, indígenas o campesinas para su inclusión en los modelos de territorios propuestos. Amanecerá y veremos, si abrimos esta conversación.