Estando una noche en la maloca de Centro Providencia, entre los ríos Miriti y Apaporis, presenciaba la reunión de grupo de shamanes, curadores, pensadores y lideres de diferentes etnias que representaban pueblos distribuidos en gran parte de la Amazonía suroriental, buscando resolver las amenazas que venían sobre su territorio. Estos “viejos”, unos más que otros, habían vivido la última fase de las caucherías, y eran descendientes de aquellas tribus que habían resistido a la conquista ibero-lusitana, a los temibles Carijona, a los pastorcitos de las iglesias evangélicas –incluidos los amiguis del Instituto Lingüístico de Verano, ILV- y los padrecitos católicos. Habían visto pasar también avionetas y canoas llenas de coca, y últimamente, unos tipos que les sacaban a la brava los hijos de las malocas para enseñarles la “revolución” y a la vez conocer las profundidades de la selva para ganarse la mejor retaguardia estratégica.
Esta última horda de jeruiwa (Tayassu pecari) venía entrando con otros que escarbaban los ríos sacando el oro con el cual los shamanes guardaban las enfermedades del mundo dejándolo precisamente bajo tierra, además de usar su energía para cubrirse en el vuelo ritual para curar el planeta. Demasiada complejidad para tanta ramplonería, más aun cuando una empresita canadiense estaba vendiendo espejitos para atravesarse en una consulta previa que permitiría a este territorio preservarse para siempre, por solicitud de estos shamanes. La voluntad de los shamane pasó por una declaración que cobra vigencia hoy: “Para proteger el territorio, debemos unir conocimientos entre el mundo indígena y el blanco. Así lo han permitido los antepasados y los ‘dueños de la selva’”. Finalmente, se crea el Parque Nacional Yaigojé Apaporis, en el mismo polígono del Resguardo Indígena Yaigojé, que había sido su primera conquista en la protección del territorio, años antes.
Hago referencia a este momento, pues es un hito histórico donde diferentes resguardos, etnias, territorios y conocimiento se unen por una lucha colectiva, de reivindicación territorial, cultural y administrativa, que fue antecedida por el proceso de declaración de los resguardos a finales del siglo XX, y que da un impulso poderoso a la constitución del Territorio de los Jaguares del Yuruparí, con un formidable impulso desde la Corte Constitucional. Durante las últimas décadas, el proceso de fortalecimiento de las Autoridades Públicas Indígenas tiene un ejercicio magnifico, en el proceso de descentralización de la administración de la educación y salud en los resguardos amazónicos, lo cual generó capacidades y aprendizajes importantes en el manejo administrativo de los resguardos, así como su interlocución directa con los Gobiernos nacionales y departamentales, para generar esa transferencia progresiva de la administración pública.
Debo señalar también que los procesos de coordinación en la función publica de la conservación en los territorios traslapados entre resguardos y parques nacionales también han sido una escuela poderosa de formación de liderazgos, capacidades de planeación, trabajo conjunto y sinérgico de conservación, así como de sinergia entre concepciones culturales para el manejo territorial. Este sigue siendo un caso único de liderazgo en un continente plagado de conflictos en territorios donde convergen estos modelos, y donde el canibalismo por los recursos financieros ha hecho estragos en lo que podrían ser modelos de convergencia territorial.
Aquí, es bueno señalar que se vienen retos y transformaciones importantes. Uno de ellos es el rol preponderante que jugarán los administradores territoriales indígenas frente a las administraciones departamentales, que históricamente han sido tan renuentes a aceptar los procesos de autonomía financiera y administrativa indígena, así como de la institucionalidad nacional que se restringe en muchos casos a pensar que la interlocución es exclusivamente un asunto de consulta previa. Ojalá se diseñe un proceso de capacitación a instancias gubernamentales de los cambios que implicara el relacionamiento con las Entidades Territoriales Indigenas (ETI), y así mismo un proceso de fortalecimiento a las autoridades indígenas en lo que corresponda al funcionamiento del Estado con sus nuevas competencias, y en particular, a los deberes de reporte y seguimiento de los organismos de control, que serán pieza clave en este proceso.
También será interesante ver cómo el peso ponderado de la relación política migra desde las organizaciones regionales de segundo nivel hacia las autoridades públicas de las ETI, lo cual debe redundar en una ampliación de la base política y la representación local en la toma de decisiones: un paso lógico y necesario para el proceso de consolidación de cada pueblo y territorio. Esperemos a ver cómo se da un proceso de renovación y ampliación de liderazgos políticos que surjan en este nuevo paso de consolidación de los territorios y procesos culturales diferenciados.
Quiero celebrar a rabiar la formalización de las Entidades Territoriales Indígenas, un proceso iniciado hace más de 30 años y donde las autoridades tradicionales demostraron que sí es posible transformar el Estado desde su ordenamiento constitucional, en función del fortalecimiento político, administrativo y cultural. Un agradecimiento especial a la Fundación Gaia, cuyo extraordinario trabajo durante décadas de acompañamiento y fortalecimiento se ve aquí reflejado, y constituye un referente mundial de trabajo con pueblos indígenas. A Martin, Camilo, Pacho, Doris y tantos colegas más que han trabajado toda una vida por esta causa, mi agradecimiento y reconocimiento profundo.
Esto significa un modelo diferente de gobernabilidad, de diversidad cultural en convergencia con un país unitario. Un mensaje de que sí es posible, perseverando con disciplina, resultados, alianzas, cultura y trabajo con los mayores, en el marco constitucional, cambiar país.