La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela le dio la partida a una nueva guerra en el continente, que será menos silenciosa respecto de la actual depredación de diferentes grupos armados, económicos y políticos, tanto nacionales como internacionales, que saquean como arrieras los recursos naturales de esta vasta región.
El río Guaviare estaba bajo por el verano y la gasolina no llegaba. Llovió un par de días y el buque tanque se desencalló, y llegó al lejano pueblo fronterizo. Los mineros estaban ávidos de combustible, como abejas al sudor, y en menos de un dia se aprovisionaron con centenares de tambores de combustible, comida, cerveza, whiskey y repuestos para las máquinas.
En el puerto de Amanavén, en las bocas del Guaviare sobre el Atabapo y el Orinoco, el negocio minero se siente en cada puerto, casa, buque tanque, restaurante o gallera. También la presencia de “mompas”, de camiseta negra manga larga y chalina verde oliva, con mirada desconfiada y desafiante. No es un solo grupo, y para fortuna de todos, cada quien tiene su zona, sus filones, caños, gente y proveedores. Y lo que ocurre en la escala local también sucede en la regional, donde cada grupo maneja sus rutas, y por ende, sus impuestos, para que cada puesto de control les funcione, es decir “no funcione”, o también, para que las cosas se den con ayuditas de los gobernantes locales, que también tienen su ‘CVY’.
Minas en Colombia como las de Guainia las hay en Venezuela –Yapacana, en Ecuador, Tena, en Perú, Madre de Dios, en Bolivia, Madidi, en Brasil-, que generan centenares de toneladas de oro que van a parar en joyerías locales, empresas mineras con títulos, exportadores, contrabandistas, en fin, con una sofisticada red de comercio y legalización que ‘lava’ rápidamente el metal precioso, lo mete al mercado legal, y les genera divisas a todos los involucrados, desde los diferentes grupos armados ilegales hasta políticos y empresarios que ponen su cuota de sacrificio en este “bello negocio”, como le decía un antiguo director de la Corporación Autónoma Regional (CAR), célebres autoridades ambientales regionales.
Pero está llegando el momento en que grandes jugadores están apostando por tomar la tajada masa grande del negocio no solo del oro, sino del litio, cobre y coltán, así como de potencial hidroeléctrico, masa boscosa, biodiversidad, suelos, tierras raras y cuanto recurso estratégico hay dispuesto en esta gran cuenca ‘amazo-orinóquica’, una de las regiones más ricas (como lo describió claramente la general Laura Richardson, del Comando Sur de Estados Unidos), intocadas, menos densamente pobladas del mundo e, infortunadamente, con pobreza, brechas sociales cada vez más amplias, corrupción, violencia y perdida de gobernabilidad, así como la más baja inversión del Estado en todos y cada uno de los países del área durante el último siglo y, recientemente, la mayor densidad e incidencia de grupos armados ilegales con incidencia directa en la gobernabilidad y la economía regional (hoy se registran más de 17 diferentes grupos armados ilegales en la frontera de la Amazonía noroccidental, según reporte de Amazonia en disputa, financiado por la Unión Europea).
Pero no es un asunto solo de grupos armados, políticos corruptos y un modelo fracasado de Estrado. La influencia china en esta región del mundo es la más alta de cualquier país extranjero en la historia de nuestro continente. Carreteras, puertos, ferrovías, hidroeléctricas, metros, energias alternativas e inversión en minas de oro y en petróleo, y expectativas sobre grandes depósitos de minerales de transición como el coltán del Guainía, son, entre muchas inversiones, la gran ventaja estratégica que ha obtenido el Gobierno chino con su proyecto de la Ruta de la Seda (el proyecto de inversión en infraestructura más grande del planeta en este momento), frente a un Gobierno de los Estados Unidos que cuando se acordó de América Latina entró amenazando y hablando con el tono del cauchero Arana en los territorios indígenas del siglo XIX. Hasta ahí, su tosco estilo volvió a emerger cuando volvió a la práctica de la intervención militar y política sin ‘arandelas’, como el zarpazo que dio en Venezuela, que anuncia el nivel de presión al que va a someter estos países para evitar que se siga consolidando la alianza con China, y de paso, perdiendo el acceso a recursos estratégicos en esta guerra tecnológica, energética y financiera.
Ya no solo será apoyar “excéntricos libertarios”, groseros e iracundos, ni tampoco bastará con minimizar o desaparecer ministerios de Ambiente, sistemas de parques y agencias de licenciamiento, recortar presupuestos, nombrar negacionistas a “enderezar el camino” o reducir las autonomías y derechos de pueblos indígenas y comunidades vulnerables, entre otros ingredientes de la motosierra que amenaza con llegar. Se trata de tomar control directo, y para ello el mejor caldo de cultivo es la ingobernabilidad regional en esos territorios, y las economías ilegales que nutren ejércitos irregulares por doquier, así como continúan pudriendo a los “regulares”, literalmente. La dupla grupos armados ilegales y economías del crimen transnacional será la mejor disculpa para arremeter con toda la fuerza del intervencionismo militar sin reversa. Grave riesgo.
La largada por esta nueva guerra de recursos naturales se dio la semana pasada en Caracas, y promete ser implacable contra las comunidades locales como siempre, arrolladora contra la biodiversidad y los servicios ecosistémicos de los cuales dependemos, y poniendo a prueba la capacidad de ejercer gobierno y democracia en medio de la pelea entre titanes. La sensatez, la cooperación regional, la recuperación democrática de poblaciones y territorios y el fortalecimiento institucional, pueden ser la única oportunidad para enfrentar este clima de tensión creciente y la tentación autoritaria como única fórmula de nuestros gobiernos. Ojalá lo logremos.