Llegamos a febrero y la lluvia no cede en el Caribe, los Andes y la Amazonía. Entretanto, en Casanare celebran que por fin tienen un verano de “verdad” luego de años atípicos. Entre fenómenos climáticos que hacen sinergia entre sí, aunados a la tendencia creciente de eventos climáticos extremos, nos vamos “acostumbrando” a la impredecibilidad, pero más riesgoso aun, a normalizar nuestra incapacidad de transformar nuestros paisajes, asentamientos, sistemas productivos, carreteras, puentes, sistemas de refrigeración, planeación de ciudades, en fin, lo que se viene con este progresivo calentamiento y eventos extremos más frecuentes e intensos.
Según datos de modelos usados en Brasil, en el periodo 2001-2015 la evapotranspiración se vio disminuida entre un 15 al 40 por ciento en la estación seca, asociada a la deforestación, mientras que, en Mato Grosso, se asocia que una deforestación anual del 3,2 por ciento está asociada con un 3,5 por ciento de disminución en evapotranspiración y 5,4 por ciento en precipitación para 2019.
En Colombia, en la Amazonía, hemos perdido casi un millón de hectáreas de bosque en los últimos 10 años y, en total, 7 millones que se han transformado irreversiblemente. La precipitación ha venido disminuyendo progresivamente, y concuerda con los modelos brasileros, que evidencia el efecto deforestador. Mientras que a finales de la década del 80 la precipitación promedio anual podría estar en 2800-3000 mm/año en una estación del piedemonte, hoy la evapotranspiración que alimenta las partes altas de las cordilleras Oriental y Central, ha disminuido hasta un 20 por ciento, según datos del Instituto Sinchi.
Los riesgos de desabastecimiento de agua potable y para la generación de energía se ven directamente en sistemas como el de Chingaza o el Guavio. Bajo eventos como Fenómenos del Niño prolongados y vientos alisios de larga duración e intensidad, sumados a pérdidas de la capacidad de retención de humedad en el suelo e incendios masivos, podemos entrar en alertas de desabastecimiento hídrico y energético en la zona más densamente poblada del país. Esos procesos de desabastecimiento tienen mayor riesgo ante escenarios de crecimiento en el consumo de agua y energía en ciudades en épocas de altas temperaturas y baja precipitación.
La velocidad en estos cambios coincide también con el auge del comercio internacional por varios de los commodities que se producen en la Amazonía, unos legales, otros ilegales. El crecimiento del precio internacional del oro, la más aberrante expresión económica de estos tiempos de incertidumbre, pasó la barrera de los 5.000 dólares la onza, aumentando más de 100 por ciento en el último año, y sin dar señales de parar. Colombia exporta más oro del que produce, además de que gran parte de lo producido es de manera ilegal y alimenta las rentas de cuanto grupo armado y mafia política regional existe. No tiene sistemas de trazabilidad definidos para la debida diligencia que requiere un comercio que esta alimentando las rentas de grupos que amenazan la democracia, y ningún país de destino pareciera importarle, mientras llenan sus reservas con los lingotes untados de selva y sangre.
La fiebre de la tierra pública disponible en los baldíos de la Nación de la reserva forestal y los parques, ha ido de la mano con el crecimiento del hato ganadero, a pesar del consumo interno (a la baja) y el contraste de los precios internacionales (al alza), a pesar de que la mejoría en precio de kilo en pie ha sido irregular.
La competitividad de Brasil y Colombia está claramente en ofertar ganado que pastorea en tierras de muy bajo costo, pero también –y principalmente– del lavado de los recursos provenientes del oro y la minería ilegal, así como del crecimiento de la red vial (más de 8.000 km en los últimos siete años) sobre los antiguos bosques del patrimonio público, realizados con dineros públicos, lo mismo que actores armados, pero casi ninguno con criterios de ordenamiento.
Para no incentivar un proceso de deforestación desde la burbuja exportadora, es necesario entrar rápidamente en la aprobación de la Ley de Trazabilidad, tan esquiva como la unidad de partidos frente a políticas de Estado y establecer un sistema de inversiones en restauración productiva en aquel hato bovino que coincide con la zonificación del uso del suelo. Cinco millones de hectáreas en la zona sustraída de la reserva forestal están pidiendo una inversión de largo plazo en la reconversión de la ganadería extensiva en la zona más deforestada del país (ya Brasil inició su proceso, financiado por el BNDES).
Paralelamente, el mercado mundial del tantalio sigue al alza, y si bien se cotiza en mercados asiáticos y norteamericanos a más de 190.000 dólares/ton, y cerca de 500 dólares el kilo de lingote con 95 por ciento de pureza, aun Colombia no aparece en los registros de comercio, pues toda su extracción es ilegal en esa frontera con el Orinoco y el Isana; del lado brasilero, aparece como gran proveedor mundial, donde no sabemos cuánto de aquí pasa por allá, o sale por puertos del Pacifico sin que nadie vea el elefante. Colombia posee una prospectiva significativa en yacimientos de cobre, el cual proyecta un alza en la demanda internacional de 25 a 36 millones de toneladas de aquí a 2030, y una parte importante se encuentra en el piedemonte amazónico. ¿Cómo abordar estas oportunidades y riesgos?
Entre tanto, seguimos dándole espera a que se den las crisis del clima, de la seguridad, de la energía, del agua, de la alimentación y de las fronteras, para pensar en recuperar el Estado en estos territorios de la Vorágine. ¿La abundancia nos impide ver?
Posdata: hoy despido a la persona que me estimuló a dormir bajo el árbol en el jardín de la casa de mi infancia, marcando mi vida para siempre. Hasta luego, mi vieja.