Sobrevolé esta semana el Parque Nacional Río Pure, y quedé con mucha rabia y frustración. Una horda de mineros está devorando la selva con ferocidad, estimulados por el precio internacional del oro, la impunidad total y el desolador escenario de una frontera sin control gubernamental, donde cada grupo armado colombiano que surge saca coca, marihuana, cobra impuestos a los ‘garimpos’ y entra armas para esta guerra infernal que pareciera endémica en nuestra patria. La admirable señora defensora del Pueblo me hacía ver todo lo que aún debemos mover en un Estado regional moribundo, donde los tales Mininteriores, Ambientes, ‘Chancillerias’ y Defensas siempre tienen una disculpa para no pararse de frente a la invasión del río Pure y la defensa del territorio del Pueblo Indígena en Aislamiento Voluntario colombiano que se encuentra en inminente riesgo de contacto no deseado, con las posibles repercusiones fatales que se han visto en otros pueblos que han sucumbido casi de inmediato al contacto, o moribundos, como el de los Nukak en Colombia.
Cuenta la leyenda que a finales de siglo XV y principios del XVI, entre españoles, ingleses portugueses y demás tribus depredadoras se lanzaron a buscar nuevas tierras, mercancías y, por supuesto, esclavos. Una vez llegaron a América, se toparon con tribus que de inmediato fueron caracterizadas como “salvajes, almas perdidas de Dios”, así como hoy lo siguen haciendo los tristemente célebres “misioneros de New Tribes” –los del Instituto Lingüístico de Verano– que siguen buscando almas, germoplasma y lenguas para los códigos de guerra, en helicópteros que arrojan herramientas a ver si los sacan con algo más que espejos. Con ferocidad, ingenio y mucha perseverancia, los conquistadores fueron sometiendo las tribus de este lado del planeta, ya fuera a punta de espada o cruz, o ambas. Con sorpresa, los que venían con la cruz veían como los indios caían por miles como resultado de las nuevas enfermedades traídas por los recién llegados y la ausencia de anticuerpos que no podían combatirlas. Eso mismo sucede hoy en pleno siglo XXI, como lo ha documentado la ciencia medica reciente.
Rápidamente, los recién llegados vieron que los propios de estas tierras usaban el oro en diferentes formas, unas más rituales que otras, pero en general era un uso abundante sin valor comercial, como volvió a ocurrir cinco siglos después, cuando una minera canadiense que aún anda por Taraira (donde ahora hasta contingentes de cargadores indígenas de marihuana se ven) y con un título en un Parque Nacional, omitió premeditadamente el valor chamánico del oro en la curación del mundo para los jaguares del Yuruparí. Menos mal, una muy decente Corte Constitucional recordó a estos y al mundo que esto es cierto. Pero las sentencias no son suficiente para salvar a todos los grupos, como pasa con los Yurí en el río Pure.
En aquellos tiempos, como ahora, los depredadores enloquecieron, y empezó la fiesta de sangre donde murieron cientos de indígenas en condiciones brutales por la locura de la leyenda de El Dorado, en la que estos barbaros soñaban con llegar a montañas de oro que los “salvajes” guardaban para su “adoración diabólica”. Tamaño festín se pudo hacer gracias a la financiación de reyes, reinas, príncipes, barones y cuanto linaje de barbarie había al otro lado del charco, que requerían de este saqueo para financiar sus guerras de expansión por todo el planeta. Cualquier parecido con la realidad del presente no es coincidencia.
Según historiadores como Koch Grumberg, Whiffen o Robuchon, y recientemente el gran Roberto Franco en Colombia, un par de siglos después varios grupos de indígenas, principalmente en la Amazonia, llegaron a una decisión que les permitiría protegerse del genocidio: aislarse voluntariamente del contacto con la mal llamada “cultura occidental” y de los demás grupos indígenas, que en condiciones de sumisión siempre terminan del lado equivocado. Muchos lograron adentrarse en la selva, en zonas de difícil acceso, lejanas, donde además los demás grupos indígenas reconocieran esos territorios para los aislados. Quedaron en la memoria de muchos grupos los nombres de sus brujos, de sus cantos, de sus conjuros, de sus malocas, y claro, se nombran en los bailes rituales. Así lo viví en la maloca de Carlos Matapí, en los años 90, cuando me mostraba cantos de baile ritual de los Urumi, y su gran brujo Iwijipi, un grupo que se enmontó hacía las cabeceras del Mirití. La memoria viva de los que resistieron el contacto mantuvo los territorios de los aislados, como parte de los grandes pactos espirituales de la selva.
Pero toda esta historia de resistencia está llegando a su fin, paradójicamente cuando se presenta nuevamente una evidente involución cultural –ni siquiera estancamiento– de esto que hemos llamado “occidente”. De nuevo, las guerras mundiales empujan miles de mercenarios que destrozan continentes y poblaciones vulnerables por todo el mundo, buscando el jodido oro que todos los ricos del mundo compran con frenesí imparable, en estos tiempos azarosos de guerras reales y ya no tan hipotéticas. Como en aquella época, los mercenarios se roban entre sí, no tienen fronteras, ni leyes, ni moral que los guie. Así están entrando hoy en el Pure, un rio que no aparece en la memoria ni del 0.0001 por ciento de los colombianos, a pesar de que allí están nuestros antepasados vivos más antiguos, que nunca fueron sometidos. Es parte de la ignorancia violenta de aquellos que ahora hacen videos desde el Caguán ofreciendo millonarios sueldos a las señoras que quieran hacer de cocineras para esta horda.
La cuenca del Pure nace en Colombia y su río desemboca en el Japurá brasilero. Se encuentra en el interfluvio Caquetá-Putumayo, y por ello es tan difícil su acceso. Desde tiempos de las Farc empezó a ser un corredor apetecido para moverse hacía el Brasil sin ser detectado por los controles fronterizos en los grandes ríos. Por ello, desde los ríos Cahuinarí, Bernardo, Sumaeta y Pupuña se han hecho trochas para conectar al río Pure y salir a Brasil y controlar la extracción ilegal de madera y de oro, y el transporte de coca y marihuana. Ahora es un corredor estratégico hacia Brasil, estando cada vez más cerca del territorio que se ha constituido para la protección de los aislados. Por ello, sin puestos de control permanente en estos puntos de acceso, el contacto con los Indígenas en Aislamiento es inminente. ¿Sera mucho pedir a un país como este en el siglo XXI?
La increíble decisión de un embajador como Gilles Bertrand, de la Unión Europea en Colombia, de poner este tema en el centro de la atención de la corresponsabilidad internacional frente al ambiente, los derechos humanos y la seguridad, es una enorme oportunidad para la agenda de presidentes de la OTCA que se viene en pocos días. A su vez, la presencia de un embajador como el de Brasil me permite ver que sí hay posibilidades de mirarnos más allá del ombligo y tener una acción regional sinérgica. Y el compromiso de la señora defensora, Iris Marín, me recuerda que aún en tiempos de oscuridad hay quienes mantienen el brillo de la esperanza.