Estando en la COP de Belém, en Brasil, es claro que la gran apuesta mundial será por la adaptación al cambio climático, y eso implica, ni más ni menos, que algunos tendrán más oportunidades de adaptarse y, otros, desaparecerán. Entre proyecciones y modelaciones, los centros de poder mundial hacen cálculos, sobre cuánto serán afectados, y cómo se adaptarán a nuevas circunstancias. Y de hecho, como lo hemos visto, muchos están viendo los negocios y ventajas comerciales, políticas, científicas o militares de esta nueva condición.
Algunos personajes están proyectando nuevas rutas por la mitad de lo que alguna vez fue el hielo Ártico; otros, proyectando la ampliación de cultivos de soya en medio de relictos de bosques tropicales y, otros, ampliando los cultivos en páramos. En salud, las enfermedades tropicales transmitidas por insectos van subiendo de gradiente altitudinal, y se esparcen rápidamente con ausencias de predadores que aún no se movilizan con la misma facilidad a otros pisos térmicos. Las ciudades costeras y pequeños estados insulares, contando cada momento y esperando la subida del nivel del mar…
Para países como el nuestro no habrá camino diferente que buscar ecosistemas resilientes, formas de uso del suelo compatibles con las características ambientales (lo cual nos lleva indefectiblemente a la planificación territorial), y un gran énfasis en la restauración de ecosistemas degradados. Esto es tener más árboles donde se han perdido, y cuidarlos donde aún están; cuidar aguas superficiales y descontaminar, en particular las dos grandes cuencas interandinas; planificar uso de sabanas y su capacidad de carga frente a escenarios de intensificación agrícola, dada la presión comercial existente; y la Orinoquia y el Caribe serán un indicador de nuestra capacidad de planear agricultura climáticamente adaptada.
Dice Naciones Unidas, en un reciente informe, que la previsión para los siguientes años es que uno de los principales retos del calentamiento global serán los “golpes de calor”, es decir, temperaturas extremas, cada vez con mayor duración y frecuencia, que también pueden incluir mayor cantidad de días secos consecutivos o con pocas lluvias entre sí. Las ciudades empezarán a exigir cada vez más modelos de planeación que impidan que estos golpes de calor se traduzcan en efectos severos sobre población infantil o adultos mayores. Una gran mayoría de viviendas en Colombia padece de pésimos diseños, sin algún tipo de adaptación climática ni arquitectura inteligente que mitiguen esta condición. Mucho menos los diseños de arborización urbana, parches de zonas verdes y conectividades intraurbanas, que aún no ‘pelechan’ entre nuestros concejos y alcaldías.
Es necesaria la planificación de la captación, distribución y uso del agua potable, incluyendo la urgente regulación para captar aguas lluvias, pues ya todas las ciudades de Suramérica han sufrido crisis por escasez del líquido vital en los últimos dos años. Será un tema urgente que vaya de la mano de ciudades que tengan capacidad de disminución de temperatura a punta de mayor cantidad de hectáreas de bosques urbanos y menos de concreto expuesto directamente al sol. Es decir, lo contrario de nuestras capitales en su mayoría de territorios.
Evitar desastres como inundaciones, avalanchas, deslizamientos, incendios, escasez de agua, mortalidad de animales para alimentar la población, mantener la navegabilidad y evitar proliferación de enfermedades, entre muchas otras cosas que se vienen cada vez con más fuerza, está íntimamente relacionado con los usos del suelo en medio de los eventos climáticos extremos. Estas decisiones dependen de nosotros, los pequeños países que debemos afrontar la crisis climática global, independientemente de que las grandes economías mundiales decidan o no mantener la emisión de gases efecto invernadero, incrementar la producción de combustibles fósiles, continuar el consumo de alimentos con alta huella de carbono y mantener una demanda de energía per cápita que supera por cientos el consumo energético de un habitante de país tropical.
Bienvenidos los esfuerzos para garantizar fondos para la adaptación y las alianzas con sectores gubernamentales y privados que siguen dando la pelea por mejorar los esfuerzos en reducir emisiones, mantener los bosques y mejorar las prácticas productivas para una mejor eficiencia energética; pero todo esto debe ser acompañado por decisiones de países como los nuestros, que deben reconvertir su uso del suelo rural y urbano en función de la resiliencia climática. Esa es la tarea para los años que nos quedan, antes de que se venga un punto de inflexión climático y político irreversible.