Hace un par de décadas, el sistema de Parques Colombianos vivía un auge en el desarrollo de su Constitución Política, especialmente en la búsqueda de caminos para generar sinergias entre el conocimiento tradicional y las ciencias de la conservación en un modelo de coordinación entre autoridades públicas –étnicas y de la conservación– que desde la famosa sentencia del magistrado Eduardo Cifuentes nos puso a soñar en el país de la diversidad biológica y cultural.
Largas discusiones entre grupos de biólogos, sociólogos, antropólogos y abogados, entre otros, se daban en torno a los derechos de los pueblos indígenas y comunidades negras, así como de comunidades colono campesinas, y las formas de articular no solo el conocimiento, sino las autoridades de la institucionalidad con las autoridades tradicionales.
Este tremendo reto, jurídico, político y cultural que implicaba reconocer otras formas de gobierno, de cultura, de manejo del territorio, de concepciones sobre la conservación, requería obviamente una aproximación que estaba más allá ‘del escritorio’ y, por ende, tuvimos cientos de kilómetros de trochas y ríos recorridos, decenas de malocas y centros comunales vividos desde adentro, así como reuniones infinitas, extensas, polilingües, nocturnas, rituales, que le dieron contenido a una política que poco a poco se fue consolidando.
Llevar esta construcción social y territorial era un reto enorme para los colegas profesionales del derecho, que nos recordaban, siempre, la necesidad de blindar nuestras iniciativas dentro del marco existente, y sobre todo, ser capaces de interpretar los lineamientos constitucionales para poder dar un salto cuántico en el concepto de la conservación, y vernos como iguales con los grupos étnicos con los cuales se traslapaban muchos de los territorios que fungían como área protegida y territorio colectivo.
Así, en uno de esos momentos, por allá en el río Apaporis, mientras hacíamos el trabajo con el chamán Rondón Tanimuka para buscar las correspondencias culturales de la zonificación ambiental indígena, su reglamentación, con el famoso decreto 622 de Parques, conocí a mi amiga Beatriz, quien hacia parte del equipo jurídico nuestro. Con timidez, fue aproximándose al mundo indígena, pero principalmente con el corazón abierto, con el espíritu limpio, de quienes quieren hacer las cosas por el bien público, y fue creciendo y dando elementos para hacer realidad esa anhelada protección de estos territorios entre los dos pensamientos, “el indígena y el blanco” que, según Rondón, había sido dispuesta por los dioses creadores cuando las fuerzas de cada cultura fueran insuficientes. Un corazón limpio, que se encantó la diversidad cultural.
Logramos, meses después, consolidar el primer Régimen Especial de Manejo en un territorio totalmente traslapado entre un parque nacional y un resguardo indígena. Logramos compatibilizar la zonificación ambiental indígena la del área protegida. Y logramos establecer un mecanismo de coordinación y ejercicio de autoridad coordinado entre las autoridades indígenas y los funcionarios de parques.
Años después, el modelo de coordinación creció y se multiplicó por todo el país, siendo este un caso líder en el mundo para resolver, de manera sinérgica, los conflictos entre áreas de conservación y pueblos étnicos. Beatriz creció, así como sus sueños y amores, contribuyendo de manera decisiva al empoderamiento social en los procesos de protección territorial en zonas de conservación en el país, así como en la reglamentación institucional de esta política.
Décadas después me encuentro con ella, recorriendo las historias de Colombia para proteger sus selvas de cuanta triquiñuela surge del país de nadie. Hablamos de nuestras vidas, de los hijos, de las canas ganadas a pulso, y de lo sueños compartidos. Volvemos a trabajar juntos con frenesí, y la impecabilidad en el relacionamiento con el mundo rural y el urbano, así como en lo internacional. Un día, sus hijos salen de vacaciones a visitar a su padre, fuera del país, y no regresan. La separación de los padres no es óbice para tomar decisiones unilaterales sobre la custodia de los hijos menores de edad. Pregunto a Beatriz, y veo miedo en sus ojos, además de profunda tristeza, cuando me confiesa el infierno que vivió cuando convivieron; el mundo político se asoma, así como el show de las comunicaciones.
Cada día que pasa aparecen declaraciones más insanas, ruines, manipulando inclusive lo más sagrado de una relación, como son los hijos. Renuncias amañadas, denuncias, soberbia de las relaciones políticas con ‘poderosos’ (también sé que esto lo leerán ellos y ellas) intentan acallar la voz de una madre macerada con el machismo arrogante de quien no duda en dejar esa marca indeleble en sus crías.
El camino será largo y doloroso, pero espero que vuelvas a sonreír. Yo te creo Bea.