Hace años manejaba el bote de madera con el cual me desplazaba por ríos amazónicos, conociendo el manejo territorial que hacían los diferentes chamanes, sabedores, viejos y la gente en sus casas. Era un bote de nueve metros, liviano, en madera de ‘comino’, hecho por el maestro de la carpintería, Augusto Caviyarí. Tenía un motorcito de 15 caballos, ahorrador, que me permitía moverme tranquilo, con mi remesa y material de trabajo, mientras conocía cada puerto, bocana, raudal y chagra, y me quemaba la piel que años más tarde me pasó factura.
Con amigos de muchas tribus, ya fueran Yukunas, Makunas, Nonuya, Uitoto, Bora, Caviyari, Karapana o Matapí, empecé a recorrer esos territorios de su mano. Me sorprendía siempre la claridad para identificar cada punto de esa extensa selva, que yo intentaba plasmar en los mapas que siempre me han acompañado desde la cuna. En aquellos tiempos, las primeras imágenes de satélite nos llegaban del satélite francés SPOT, y algunas de Landsat, las cuales nos permitían ver colores, texturas y relieves que iban generando información cada vez más completa y compleja sobre esos territorios olvidados.
Al confrontarlos con la toponimia, es decir los nombres oficiales que tenía la cartografía del mapa nacional del Instituto Geográfico, veía que existía un vacío enorme en el nivel de detalle de la identificación de cada río, drenaje y, más aún, poblados, caminos o algún otro referente. Pero mi sorpresa fue mayor cuando vi el inmenso nivel de detalle que tenía el conocimiento indígena plasmado en los mapas de cartografía cultural que íbamos construyendo durante el día en los recorridos de río y selva, y por la noche en los ‘mambeaderos’. Y allí descubrí que su conocimiento no era solo sobre los sitios donde actualmente viven o se movilizan, sino donde históricamente, durante siglos, lo han hecho, incluyendo las zonas de grupos que ya desaparecieron, o de aquellos que están en aislamiento voluntario.
Pero el remate de la historia fue cuando los sabedores y curadores (de la gente y del mundo) relataban, con lujo de detalle, cada pedacito de territorio, incluyendo otras ‘capas’ de inframundo, bajo la superficie, y otras en niveles por encima de lo terreno, donde se mueven los chamanes en pensamiento curando el mundo, ‘negociando’ con dueños espirituales, para equilibrar el consumo de recursos y manejo de enfermedades. Un conocimiento enorme, incalculable, detallado y diverso, que estaba allí, yéndose con cada viejo que moría, y de los pocos que dejo la cauchería.
Años más tarde, y sin saber lo que vendría, logré hacer un pedazo de viaje que cambió mi vida cuando pude recorrer parte importante del río Apaporis, que nace en Chiribiquete, en la confluencia del Ajaju con Itilla, y donde después de semanas y raudales en tierras Tanimukas y Makunas, al llegar a un camino ancestral, pasamos por el ‘varadero’ a Centro Providencia, en el resguardo Yaigojé. De allí salimos al río Mirití, para luego, desde sus bocas, remontar el río Caquetá hasta entrar por el Cahuinarí, en tierra Miraña-Bora, lo que en soledad, luego de la masacre de los Arana, me permitió subir por él hasta donde conecta el río Caimo, por donde llega una trocha hecha en tiempos de cauchería, y sale a Puerto Arica, en el río Putumayo. Cansado, regresé a mi campamento no sin antes oír que, llegando a Tarapacá, desemboca el río Cothué, el cual tiene el último reducto Tikuna ancestral en Buenos Aires, desde donde sale la trocha hasta San Martín, en el río Amazonas.
Ese mismo viaje, lo mismo que decenas de otras rutas que cruzan la Amazonía por selvas y ríos, ha sido hecho de siglos atrás por los diferentes grupos indígenas, para recrear las historias que la tradición oral ha mantenido. Desafortunadamente, poco a poco, estos caminos han sido copados cada vez más por rutas de economías ilegales y, obvio, por grupos armados que claramente sí entendieron la importancia estratégica de ese conocimiento vivo. Y claro, no es sólo un ‘tránsito’ desligado de la gente y su autonomía. Esto ha venido con un progresivo control en la movilidad, así como con la transformación de su economía al incorporarse la gente en minería y tráfico de narcóticos ya sea por presión o sobrevivencia, por la erosión de su autoridad tradicional, por el reclutamiento de su gente y por el control a la movilidad. Además, sus territorios lentamente se vienen convirtiendo en retaguardia estratégica en un conflicto que está por estallar en grandes dimensiones. Las anunciadas fumigaciones, sin plan de atención a las poblaciones que recibirán las migraciones de gente que serán impactadas en el Putumayo y el Guaviare, así como el aumento de confrontaciones en los nuevos núcleos de presencia armada, van a afectar sensiblemente a los grupos indígenas que han mantenido el bosque del cual recibimos gran parte de la seguridad climática de este país, derivada del vapor de agua que llega a los Andes desde la Amazonía.
La preservación del conocimiento indígena, sus formas de autoridad, de regulación social, de desarrollo como entidades territoriales, deben estar acompañadas de una institucionalidad pública y privada, que empiece a llenar los espacios que se requieren para una gobernabilidad legitima y sostenible. La invitación que hice en el World Benchmarking Action Forum de esta semana es definitivamente a pensar en el desarrollo de una gerencia estratégica —no exclusivamente gubernamental— que pueda ayudar en la articulación de instituciones, finanzas, cooperación, relaciones fronterizas, participación social, protección de lideres, jóvenes y niñez y, en fin, en tender una mirada interdisciplinaria que permita una aproximación a la seguridad multidimensional que requiere nuestra geografía y sus poblaciones.