Estando a punto de entrar al río, me toma por sorpresa la noticia de la operación militar de los Estados Unidos. Se me vienen a la memoria muchas imágenes, desde el parque Waraira Repano desde donde se veían pasar los helicópteros sobre Caracas y hace meses soñaba con una paz factible, hasta el imponente tepuy de Autana, el sitio sagrado de los Piaroa en el Orinoco, de donde sigo reportando la tragedia del oro del siglo XXI. Cuánta belleza y majestuosidad hay en los paisajes venezolanos, tan aporreados por esa confluencia de conflictos internos y ahora ese mazazo venido del hombre naranja.
Estando en esta frontera se ven varias aristas del asunto. Por un lado, el carnaval que armaron los migrantes en este pequeño pueblo del Orinoco, donde la gente bailaba, cantaba y hacía el jolgorio de quienes han sufrido la condición de la migración forzada por condiciones indeseadas. Es gente del común, que maneja mototaxi, tuc tuc, lancheros, lavarropas, peluqueras, manicuristas, pescadores, en fin, gente que ha encontrado en Colombia una forma de sobrevivir y enviar su remesita a la familia que quedó allá.
También se veían pasar botes, como arrieras en verano, que al parecer traían mineros de Yapacana, el gran tepuy del parque nacional que ha sido azotado por una minería ilegal y depredadora donde los grupos armados colombianos juegan un papel crucial.
La tensión se siente con respecto a la Guardia venezolana, pues según la gente se comporta de acuerdo al mejor postor, y eso la hace impredecible en este momento. Por acá veo turistas llegando con planes que integran el eje Orinoco desde Carreño a Inirida y de aquí a San Fernando de Atabapo. Es una increíble experiencia ver que sí fue posible ese sueño de activar la ruta ecoturistica del Orinoco, un escenario mágico y único en el mundo donde se unen la Amazonía, el Orinoco y el escudo guayanés. Diversidad cultural y biológica a borbotones y oportunidades de un desarrollo sostenible que requiere a gritos este pedazo de planeta. La diferencia con nuestros vecinos y hermanos es enorme, pues aquí hemos avanzado tremendamente con el modelo de descentralización administrativa de los territorios indígenas, su demarcación y, por el otro lado, que no hemos permitido la liquidación del sistema de Parques Nacionales, que ofrecen hoy modelos de servicios con comunidades que la demanda internacional valora profundamente. A pesar de los retos, las amenazas y las promesas de odio, aquí hay esperanza y de eso soy testigo viendo lo que a mis queridos colegas y amigos del otro lado del Orinoco les ha tocado y, peor aún, lo que pueda venir.
Hace un par de años le preguntaba a un alto dignatario y amigo apureño si podía pensarse en una articulación fronteriza para desarrollar un sistema conjunto de investigación ambiental, ecoturismo, manejo de recursos hidrobiológicos y gobernanza indígena donde convergen agencias nacionales, autoridades indígenas y ONGs, con presencia regional, que pusieran a andar el modelo que tenía todo el apoyo internacional para ser un ejemplo de integración fronteriza en zonas ambientales sensibles. La respuesta, fría, señaló que ellos a las ONG no las querían y que, por el contrario, las estaban “sofocando”. Decenas de colegas bien formados han salido del país hermano, buscando cómo sobrevivir en un contexto donde izquierdas y derechas detestan que la sociedad civil tenga independencia política, autonomía financiera y capacidad de movilización social y territorial, sin hablar de la enorme ventaja en la eficiencia en el uso de los recursos. Soy testigo directo de la lucha de decenas de jóvenes venezolanos por sostenerse en medio de iniciativas civiles que no solo no han tenido apoyo, sino que han sido sofocados con brusquedad marcial, por decirlo con eufemismos. Pecados que para el absolutismo son imperdonables.
Por el otro lado, he sido testigo de la codicia del mundo industrializado, que no se “mosquea” por saber en qué condiciones llegan el oro y las “ tierras raras” a diferentes países desde el corazón venezolano, acabando con territorios, culturas y pueblos vulnerables y que hoy a este mundo de Inteligencia Artificial poco le importa, pues es precisamente lo que desprecia profundamente donde la inteligencia se construye en colectividad, ritualizado, con plantas sagradas (condenadas por los anglosajones) y se transmite de generaciones a otras con tradición oral. Muy sofisticado para el algoritmo muskiano. A él le importa acceder al mineral, no a la cultura.
Y por el lado del petróleo, ni hablar. Gran parte de esta larga historia de avasallamiento cultural empieza por el tal “crudo”. Desde el Catatumbo, el Zulia, el Apure y Amazonas, la mancha siempre ha estado presente en el modelo cultural de petróleo, que es más peligroso que su mismo valor económico. Es claro, nítido, como lo dijo el señor Trump, que ese es el objetivo, muy a pesar de las expectativas de la laureada y de la oposición; el que pueda ofrecer un mejor negocio, entre oficialismo y oposición, será el que quede respirando, por un rato. Triste la vida de este continente, donde no somos capaces de salir del atolladero entre oficialismo y conjunto, hasta que viene el gañán de barrio a arreglar la pelea.
Me quedo viendo el color vinotinto de las aguas del Atabapo, mientras pienso en los dólares que pagan la cadena de violencia y depredación que azotan este pedazo de planeta, llevando oro, coltán y otros recursos estratégicos al mundo industrializado del,siglo XXI, mientras nosotros nos seguimos dando en la jeta, sentados en el Arca de Noé. No sé quién esté al mando en la próxima columna, pero debemos prepararnos como pueblos para no seguir siendo los idiotas del paseo. ¿Hasta cuándo?