Mucho me temo que la COP 30 en Belém, fue el ‘punto de inflexión’ entre la urgencia de la descarbonización y la apuesta por la carrera tecnológica, y por ende la derrota de los países más pobres y vulnerables y creo que el mejor ejemplo de ello son las palabras de Bill Gates: “el cambio climático no conducirá a la desaparición de la humanidad, a pesar de las graves consecuencias para las poblaciones más pobres”.
La carrera por la adaptación al cambio climático es también un escenario de competencia comercial entre las grandes potencias, que apuntan a mejorar su eficiencia energética y a incorporar tecnologías de transición y fuentes alternativas dando por hecho que podrán acceder a minerales estratégicos, mientras usan las fuentes convencionales con bajo costo económico y apalancan la transición. La búsqueda de hidrocarburos no para sino que crece, y por tanto el anhelado acuerdo por definir los tiempos de descarbonización se dilata, y más aun cuando pequeños países dependen en sus economías de este motor, así como de su propia transición.
La propuesta de Gates, que llama la atención sobre la necesidad de trabajar paralelamente en los temas de pobreza, salud, seguridad alimentaria y tecnología, tienen un fondo claro: en la medida en que el planeta se calienta, hay mayor impacto de enfermedades que empiezan a migrar con sus vectores a nuevos paisajes que logran tolerar, y hay más poblaciones afectadas en su seguridad alimentaria y en demanda de energía de bajo costo. Es de señalar que los eventos climáticos extremos (sequías, picos de temperatura, inundaciones, avalanchas, tormentas, deslizamientos, etc.), deberán ser incluidos en la planificación económica de los países más vulnerables, sin depender de ayuda internacional que nunca llegará para esta condición en la magnitud y temporalidad que se requerirá. Esto, ni más ni menos, significa que países como Colombia deberían fortalecer la capacidad financiera, de transparencia y de control sobre la tristemente famosa UNGRD, que se convirtió en otro botín de los bandidos de la política que pululan en estos trópicos como plaga apocalíptica (para no tener que llegar a modelos de países que usan el ‘KanKill’ como forma de control a los corruptos).
Me llamó la atención la discusión sobre el tema de la huella de carbono en el sector agropecuario, donde las regulaciones seguirán creciendo en países en los que el mercado está dispuesto a pagar por estándares de producción que incluyan la trazabilidad y la reducción de emisiones, lo cual se concentra en Europa –parece que por fin entra en vigor la regulación sobre debida diligencia para productos libre de deforestación–, principalmente. Y también en el liderazgo regional de Brasil, donde se concretaron aportes financieros y técnicos para la transformación ganadera con apoyo del Fondo para los Bosques Tropicales por Siempre (TFFF por su sigla en inglés), que claramente es el gran éxito político de Lula.
Una decisión estructural en esta frágil balanza corresponderá a China e India, cuyo consumo de alimentos y materias primas está en aumento sostenido, pero sus proveedores aun no incluyen de manera decidida la trazabilidad en los acuerdos comerciales que los grandes asiáticos todavía no exigen. El otro sector que aparece con una responsabilidad enorme es el de infraestructura, con enormes proyectos en todo el mundo y un portafolio gigante en la región amazónica. Los Bancos parecieran no hablar entre sí, y los estándares exigidos para aprobar proyectos son tan disímiles entre estos, como oferentes de fondos hay…
Desde el Banco Mundial, pasando por el BID, la CAF, el BNDE y el Banco Asiático de Desarrollo, cada uno pareciera estar más bien en la carrera de quién pone los prestamos (hay un portafolio, a 2025, de cerca de 44.000 millones de dólares en la mesa para ser financiados) y no de hacer una intervención sinérgica regional que procure mitigar los impactos acumulativos, principalmente de carreteras, hidrovías, ferrovías y megapuertos, que se proyectan partiendo la Amazonía en pedazos –además de la fragmentación ecosistémica–, bajo la premisa de que movilizarán minerales, energía y alimentos desde el continente hacia Asia y Europa, y cuyos beneficios económicos sacarán a las poblaciones locales de la pobreza. El caso del oro ilegal, que se sigue expandiendo como un cáncer con la onza por encima de los 4.300 dólares (¡¡un aumento de 2.000 dólares desde la llegada de Trump!!), es una muestra concreta de los desafíos de países como el nuestro que hoy es un proveedor importante –con alta ilegalidad– de este mercado mundial con un costo directo sobre la democracia y el ambiente, sin que a los bancos centrales y compradores les inmute la financiación de grupos armados y violencia a granel y, menos aún, a los negociadores de la COP…
Desde Manaus, Chancay, Iquitos y Puerto Asís, ya se proyectan conexiones para este sueño colonizador que aún no pareciera incluir los análisis de riesgo por conexidad con economías ilegales, apropiación de tierras públicas, desplazamiento de comunidades vulnerables e impactos sobre la regulación climática y biodiversidad de la región. Claramente, será un escenario donde aún es posible tomar decisiones con información de ciencia detallada, participación social, evaluaciones económicas realistas y búsqueda del beneficio social local para evitar el consabido coctel de socializar lo decidido, y luego atender conflictividades interminables.
Entretanto, una enérgica sociedad civil hizo presencia mostrando resultados de gran impacto regional: concreción en la declaración de tierras indígenas y comunidades locales; apoyo en el impulso de proyectos de economía forestal; apoyo en la creación y diseño de mecanismos financieros para el manejo de áreas protegidas; trabajo articulado con los bancos para evaluar proyectos de desarrollo; articulación con el sector privado para la reconversión productiva del sector agropecuario; y, por supuesto, la movilización de los pueblos indígenas y locales de todas las latitudes reclamando su rol en la protección de los ecosistemas y la salud planetaria. En tiempos de crisis de la democracia, una sociedad civil activa y organizada es más importante que nunca para garantizar los avances logrados en décadas, y frenar la tentación autoritaria, además de carbonizadora, literalmente.
Interesante escuchar los puntos de vista de actores que están en orillas diferentes, pero que pueden converger en esta carrera por la adaptación climática, donde tendremos el reto de afrontar el calentamiento, la pobreza, los conflictos y la carrera político económica que se presenta cada vez más compleja. Desde Gates hasta los shamanes del Xingú y Mirití, será necesario escuchar con detalle y tomar decisiones por nuestro futuro.