¿Qué le interesa a la mayoría de políticos “pragmáticos” y economistas “clásicos” que toman las decisiones de los gobiernos de hoy? Los negocios. ¿Puede ser al medioambiente un tema que sea visto con interés, por este gremio —hoy dominante en el mundo— de manera que no se desmonte o se ahorque financieramente su institucionalidad por ser vista como un gasto inoficioso, además de estar siempre “atravesado” al desarrollo?
El planeta viaja raudo en su carrera por consumir energía, comunicarse más rápido, almacenar datos y transitar a la “robotización”, para lo cual la demanda de fuentes energéticas, de alimentos y minerales, y por tanto infraestructura para su movilidad, crecerá a una velocidad nunca antes vista. Pequeños países como el nuestro, además de estar en primera línea como potencial proveedor de minerales, energía, alimentos y construcción de infraestructura recibirán el impacto acumulativo en gran escala de esta intervención que, a mi juicio, es irreversible.
Lo que creo que aún es posible es prepararnos, juiciosamente, para hacer transformaciones ordenadas en algunos territorios, algunos con mayor intensidad que otros dependiendo de su resiliencia y los tipos de transformaciones propuestas. Y, obvio, de los mecanismos de compensación, de los estándares que se usen para cada sistema y de las relaciones con las poblaciones locales en el manejo de los beneficios o potenciales impactos con estas. Nada de esto es posible si no hay una capacidad institucional ambiental fuerte, cuya base legal, operativa y financiera se adapte rápidamente a los nuevos desafíos que incluyen no solo la presión de las empresas por avanzar en sus proyectos o de las comunidades por darle salida a sus expectativas, sino el manejo de impactos ambientales de gran escala exacerbados por los fenómenos climáticos extremos crecientes que pueden llevar al traste los negocios, el bienestar social y la provisión de servicios ambientales básicos para la nación en el largo plazo.
El futuro de estos países tropicales, que como Colombia se serán afectados por un ‘Súper Niño’, estará fuertemente influenciado por su capacidad de adaptarse al calentamiento global, a los eventos climáticos extremos —como el Niño—, y por ende a mantener su provisión de agua, energía y alimentos, lo mismo que un clima tolerable para humanos y animales y la reducción de riesgo de enfermedades y evitar la pérdida de suelos por aridificación, erosión, deslizamientos, avalanchas e inundaciones. Y por supuesto, la capacidad de su infraestructura, principalmente vial, para ser tolerante y resiliente frente eventos extremos, de manera que puentes, carreteras, puertos, diques, taludes y canales, entre otros, no colapsen y generen un efecto sinérgico negativo entre uso del suelo, infraestructura convencional y eventos climáticos extremos. Todo esto es plata, que en términos de inversión difícilmente un país como este podría sostener para evitar el déficit de agua y energía en ciudades, la pérdida de productividad alimentaria, la destrucción de la malla vial y el aumento de enfermedades, entre algunos de los impactos más sensibles económicamente hablando, en un escenario de crisis por fenómenos climáticos y sinergia con transformaciones territoriales de gran escala.
Es decir, lo mínimo es que las decisiones políticas frente al ambiente sean sensatas, y no se conviertan en una fuente de gastos de gran calado ya por ignorancia o por seguir la receta “del Estado austero” sin evaluar el enorme riesgo del costo que genera la incapacidad de articular conceptualmente la relación entre usos del suelo y eventos climáticos.
No me voy a referir en detalle a las bondades de la biodiversidad como negocio, pero países como Costa Rica o Brasil nos han mostrado que sí es posible desarrollar bioeconomía en diferentes escalas, dependiendo de la inversión en ciencia y tecnología, la articulación con el sector privado, la participación de comunidades locales y la inversión en infraestructura. A algunos les parecerá bobada, pero gozar de una tendencia de visitantes extranjeros creciente en el país (más de 7 millones el año anterior), y el primer lugar del mundo en aves, es una oportunidad de negocio gigantesca que cualquiera envidiaría. Muchos países también envidiarían disponer de un sistema de Parques Nacionales con presencia en todos los grandes biomas del país, y donde el sector del turismo internacional sigue teniendo una demanda enorme a pesar de los grandes retos de seguridad que hay en algunas zonas del territorio. ¿Será una oportunidad desarrollar una infraestructura (a la escala de turismo internacional) de visitas a los Parques Nacionales que involucre comunidades locales, sector privado, academia y gobiernos locales para un desarrollo de ecoturismo en la escala que demandan las regiones azotadas por la ausencia de economías licitas?
Quiero cerrar reiterando que también me parece una oportunidad buscar cómo darle impulso a la economía forestal del país tanto en bosques plantados como en bosques naturales y en zonas de restauración. Millones de hectáreas en áreas de deforestación podrían tener una oportunidad de ser restauradas con modelos mixtos de especies de rápido crecimiento, de enriquecimiento en bosques degradados y de usos maderables y no maderables en bosques naturales en pie bajo la modalidad de ‘concesiones forestales’ que ya tienen marco legal y se empiezan a desarrollar en el país. A los que sueñan con la altillanura como el nuevo “Cerrado colombiano”, ahora más que nunca la planeación de un paisaje resiliente será necesario para adaptarse a un clima variable y extremo.
Si el país no es capaz de mantener sus bosques en pie, así como los flujos de “ríos voladores” para el abastecimiento de agua y energía en gran parte de país, lo mismo que sus ríos, ciénagas y humedales con caudales regulados y calidad de agua, sus suelos con capacidad productiva, sus ecosistemas naturales funcionales y una frontera agropecuaria efectiva, será imposible pensar en que haya negocios sostenibles en materia de energía, infraestructura, minería o producción de alimentos. Y peor aún, la ciudadanía en general sufrirá los impactos de una visión reduccionista del ambiente. El ambiente es la condición básica del desarrollo sostenible, y el ‘Súper Niño’ está aquí para recordarlo en este final de campaña a quien sea el futuro presidente.