Esta semana, el presidente Lula expresaba públicamente su preocupación por las potenciales acciones militares de Estados Unidos en la región, y más concretamente en su país. La confluencia de economías y grupos ilegales asociados al tráfico de narcóticos, armas y minerales, con zonas de alto valor estratégico por la existencia de ‘tierras raras’, usadas en la carrera de la Inteligencia Artificial y la transición energética, es un escenario perfecto para las intervenciones militares que ya empiezan a volverse paisaje común y narrativa aplaudida por los áulicos del ‘balín’.
Para cerrar ese teatro de operaciones, la gran China ha venido construyendo un poderoso proyecto, el más importante de la historia reciente, el de la Ruta y Franja de la Seda, que incluye puertos, carreteras, hidrovías e hidroeléctricas, además de los acuerdos comerciales sobre petróleo, carbón, aceite vegetal, carnes, soya y muchos otros elementos de intercambio tecnológico y comercial, académico y de investigación —es decir, una política integral de asociación—. Los Estados Unidos están tratando de cambiar esta tendencia regional de aproximación a la China —como lo señalan los textos de la nueva política de seguridad—, y la intervención militar está dentro del menú de opciones ya sea directa o a través de un ‘tercero’.
Como lo señalaba en las columnas del 12 y 26 de febrero, este contexto de confrontación e intervención inminente se da con especial énfasis en las fronteras continentales de Colombia, desde los límites con Panamá hasta el Sucumbíos ecuatoriano, pasando por el Loreto peruano, el interfluvio Solimoes, Icá y Japurá hasta Rio Negro del Brasil, y cerrando desde el Orinoco hasta el Catatumbo venezolano. Del lado colombiano existen grandes áreas de protección ambiental, además de zonas de comunidades indígenas y negras que, en general, se hallan subsumidas en altos niveles de violencia armada y economías ilegales dominantes, y entre el narcotráfico y la minería ilegal. La totalidad de los grupos ilegales armados organizados (GAO) colombianos hacen presencia en estas zonas, e incluyen movilidad, aparición desde itinerante hasta permanente, reclutamiento, y relaciones con instituciones de cada país que abarcan un amplio espectro y pueden ser de connivencia, cooptación o de acciones armadas en su contra. Otros grupos armados, como el Tren de Aragua, el Comando Vermelho, el Primer Comando Capital, Los Lobos y los Mexicanos, así como los de piratería peruana —por solo mencionar algunos de ellos— también hacen presencia en estas fronteras con un diversificado portafolio de negocios, unos bajo el manto de la ‘legalidad’ y otros en el espectro de lo prohibido.
Al recorrer las aguas de los ríos Pastaza, Napo, Putumayo, Nanay, Caquetá, Rio Negro, Inírida, Isana y Puré, entre muchos otros, es visible la bonanza del oro (ya estamos en 600.000 pesos el gramo), que tiene la mayor área de depredación en el mundo en la cuenca amazónica: un depósito sedimentario y aluvial que puede seguir siendo extraído lentamente otras décadas más, mientras el empuje del narcotráfico se lava silenciosamente entre lingotes, tierras y cachos.
Pero también se observan otras economías, menos visibles, pero aún más interesantes: la del coltán y la del estaño (y otros hablan del uranio) que, al igual que la del oro, pasan de un país a otro como parte de esta red internacional de comercio que no le importa cuánta sangre haya en cada lingote que les llega. Individuos de diferentes nacionalidades se encuentran en cada río, caserío y puerto haciendo negocios, pruebas de pureza, y acuerdos de seguridad y precios. Otros se encuentran detrás del cobre y del uranio, en el Putumayo y el Catatumbo, como grandes empresas que de tiempo atrás vienen consolidando sus pretensiones en el nuevo marco internacional, en medio de la conflictividad de cada zona.
Cientos de miles de personas dependen hoy económicamente de estas fuentes económicas, que contrastan con las tímidas estrategias de los gobiernos para revertir esta pérdida de legitimidad y confianza de las poblaciones locales. No es posible, y ya lo he dicho, que en medio de esta crisis de gobernabilidad la solución simplista de la ‘mano dura’ vaya a eclipsar la enorme necesidad de generar acciones concretas y rápidas de recuperación económica, de derechos humanos, de seguridad, de soberanía fronteriza, de integración regional y de política comercial exterior, para evitar llegar al siguiente paso de esta tragicomedia: las acciones militares conjuntas de todos los países (como las que ya empezaron desde Ecuador), en coordinación con Estados Unidos, bajo el marco de la nueva alianza de ‘El Escudo de las Américas’ que pueden exacerbar la violencia regional aún más, dejando en el medio a la población civil y territorios ricos en recursos inmersa en el conflicto con los grupos armados que, además del narcotráfico, controlan zonas y, en algunos casos, mercados de minerales que están en el corazón del conflicto chino-americano con la no despreciable sobreposición con los proyectos de la Ruta y Franja de la Seda que permite dos objetivos estratégicos con una sola movida.
¿Podría Colombia, llegar a conocer mejor sus reservas mineras y definir una política de largo plazo para su protección, uso, generación de valor agregado, comercio o moratorias en zonas y tipos de mineral? ¿Podría tener una política de seguridad multidimensional que priorice la recuperación, protección e inversión pública sobre las poblaciones que hoy se encuentran inmersas en las economías ilegales y la violencia?
¿Hay chance de tener una política de fronteras del siglo XXI, que nos integre con los países vecinos de manera vehemente y donde las fronteras sean focos de bienes públicos, bioeconomías, legalidad, conectividad digital y transporte intermodal, investigación, y descentralización? ¿Podemos hablar con franqueza de la corresponsabilidad internacional en la financiación de los grupos armados ilegales a través del comercio internacional de minerales?
O nos movemos rápida, asertiva y holísticamente, en conjunto con los vecinos, a la tentación de los minerales nos va a despedazar en tiempos del simplismo.